13/08/2026

NUESTRAS LEYENDAS

By Rosalba Guzmán Jun 16, 2022

El “Brinco del Diablo”. Tomada del libro inédito del investigador e historiador, Fernando Tejeda Alvarado.

Esta es la calle Simón Bolívar; escenario de la famosa leyenda de el “brinco del Diablo”.

El “Brinco del Diablo” se ubica en la última cuadra de la calle Simón Bolívar a una cuadra de la calle Hidalgo. El nombre fue heredado por las generaciones pasadas que conocieron plenamente la leyenda que, en torno del lugar se desarrolló.

La leyenda cuenta que justo en la última cuadra de la calle Simón Bolívar e Hidalgo, había una joven hermosa de nombre Raquel, que vivía en una casa donde había un balcón que adornaba hermosas plantas.

Comentan que una noche, en que la luna nueva estaba por ocultarse y había un gran silencio, Raquel estaba ansiosa esperando a su Ruíz, su enamorado.

Eran ya las doce de la noche y pese a que Ruíz vendría desde Yurécuaro, se dijo para sí: “para él que es un gran jinete, y para el empuje de su fogoso alazán tostado, la distancia no es larga”. No bien había formulado su deseo cuando se escuchó en las calles cercanas el ruido que producen las herraduras de un corcel al estrellarse contra el suelo y por la calle apareció un apuesto jinete, montado en un caballo que llegó hasta el balcón de Raquel para decirle que ahí lo tenía, acto seguido, le besó la mano.

Sin embargo, la cara de Ruíz reflejaba un aspecto desconocido, algo diabólico y terrible. Al verle el rostro Raquel sintió en su interior algo funesto por lo que pidió se alejara… pero sólo desató la furia del jinete quien le advirtió que no se iría y que ella sería de él eternamente.

En ese instante, se escuchó el sonido de una guitarra, acompañada de la voz de un hombre, era la voz de Ruíz que de inmediato Raquel lo conoció.

El miedo de Raquel la estremeció y se encomendó a fuerzas divinas, por aquella emoción de terror. En ese preciso instante y tras azotar la guitarra que se escuchara momentos antes, hizo acto de presencia Ruíz, varonil, gallardo y valiente, que tomando como suya la afrenta, retó a aquel desconocido y sacó su pistola para proyectarse contra el desconocido.

Así, ambos jinetes emprendieron una veloz carrera, que se proyectó calle abajo hasta desaparecer en la oscuridad de la noche.

Como prueba de aquel acontecimiento, al día siguiente en la mano de Raquel mostraba una huella calcinada, la marca de unos labios de fuego provenientes del infierno mismo.

La bella Raquel, había quedado marcada con el estigma diabólico y al paso de los días, la experiencia vivida era comentada sin temor en los rostros de quienes lo referían; la propia Raquel, dicen que llegó a externar con cierta arrogancia, cuando alguien le recordaba: “si me ha de llevar el diablo que sea en buen caballo”.

Nunca se imaginó que sus comentarios llegarían a consolidarse en la realidad, pues se cuenta que cierta noche obscura, cuando las tinieblas cubrían con su negro manto las calles de La Piedad antigua, Raquel se vio sorprendida afuera de su hogar por el diablo en la figura de un apuesto charro quien tomándola por la cintura se la llevó consigo en los lomos de su caballo y se proyectó en dirección al río por la calle inmediata que conducía a este y “brincando” por sobre los paderones que formaba el suelo de cantera, tepetate y tierra, el diablo con su carga se perdió entre las tinieblas hacía la ribera del río.

Desde entonces, este punto de la Ciudad se le conoce como “El brinco del diablo” en referencia a esta leyenda urbana.

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